Jandall Eldelbar



Hablando de gays y de rol, me he acordado de otro de los personajes míticos de mi partida, el semielfo Jandall, pareja del semidragón Ellendor.

Este chico es un encanto, y su historia es preciosa.

Nació en la ciudad de Bosque Alto, al oeste del Anauroch. Fue criado por sus padres, altos elfos, junto a su hermano mellizo Allendïl. Conforme ambos crecían, se percataban de que su complexión era ligeramente diferente a la del resto de los elfos: eran más altos y fuertes, su visión en la oscuridad no era tan buena y necesitaban descansar más horas que un elfo normal.

Al alcanzar la mayoría de edad, sus padres les llevaron a un poblado humano nómada del desierto, que visitaba aquellas fronteras cada varios años. Allí, Jandall y Allendïl supieron que aquellos no eran sus verdaderos padres, y que ellos no eran hermanos. De hecho, ambos habían nacido de una relación entre las dos razas. Para no complicar las cosas, pongo un esquema "made in paint", espero que se entienda más o menos


Volviendo al tema, Jandall y su hermano puedieron seguir con su vida como Altos Elfos sin que nadie pusiera en duda la puereza de su sangre, por el renombre y el respeto que todo el pueblo tenía a sus padres.
Jandall estudió magia, hasta convertirse en un poderoso invocador e ilusionista. Además, se cultivó en un arte más, que era su pasión secreta: la cocina. Se enamoró de Adherel Mendur, la elfa más bella de la ciudad. Se casaron, y tuvieron dos hijos. Ella, sospechando de la línea familiar de Jandall, le espió en una de las incursiones en las afueras del bosque, y le halló dedicando una oración a la tumba de una humana, a la que llamaba "madre". Con sus dudas resueltas, regresó a la ciudad...

Jandall, en el camino de regreso, se encontró a su hermano malherido, quien le explicó la traición de Adherel, y cómo el pueblo, enloquecido, había acabado con las vidas de sus padres y casi acaban con la suya, de no haber escapado. Ambos, mago y cazador, tuvieron que huir con lo puesto. Jandall cargó con su hermano, bastante grave, durante dos días sin descanso, utilizando su magia para evadir a sus perseguidores, entre los cuales se encontraban sus propios hijos, orgullosos caballeros jinete de hipogrifo.

Cuando Jandall cayó también, enfermo de puro agotamiento, creyó que sería su fin. Y así habría sido, de no ser por la hospitalidad de una tribu de humanos y semielfos nómadas que encontraron cerca de la frontera del Anauroch...

Gracias a los cuidados de la tribu, se recuperaron en pocas semanas. Continuaron huyendo hacia el sureste, no sin antes agradecer a esta tribu su ayuda. Tardaron casi dos años en atravesar todo el continente de Faerun, huyendo por la noche y ocultándose de día, viajando con caravanas y utilizando la magia de Jandall, quien no quería herir a sus hijos, solo para ocultarse y continuar su apresurada marcha.
Para llegar a la ciudad costera de Shoun, tuvieron que atravesar el bosque Luir. Allí, fueron atacados por unos extraños muertos vivientes, pelea de la que escaparon por muy poco, ya que a pesar de los grandes poderes de Jandall, las criaturas les superaban ampliamente en número.

Fue para ellos un respiro llegar al fin a la costa, donde, tras tomar una pequeña embarcación, observaron como sus perseguidores se rendían, al fin. Lo que no sospecharon es que entre ellos y la ansiada libertad se interpondría una endiablada tormenta que les haría naufragar. Tan cerca... y tan lejos.

Cuando Jandall abrió los ojos, semanas después, se sintió desorientado. Tenía vendajes por todo el cuerpo, y no reconocía el lugar en el que se encontraba. Se sobresaltó cuando un orco le tendió un cuenco con agua, y su sorpresa fue en aumento cuando este le habló en un perfecto lenguaje común. Al parecer, se trataba de un poblado de una extraña especie de orcos, pescadores y mercaderes, que se había alejado de la forma de vida cavernícola de sus parientes. Habían encontrado a Jandall y a su hermano inconscientes en alta mar, y una embarcación pequera los había rescatado y llevado a tierra firme. El médico de la aldea, un afable semidragón rojo (otro personaje que sorprendió a Jandall, dada la fama de malvados y codiciosos de los dragones rojos y sus descendientes) era quien le había curado.

Jandall no podía creer la suerte que había tenido. Al fin se habían salvado, y habían llegado a un nuevo continente, en el que comenzar una nueva vida. Cuando preguntó por su hermano, el rostro del orco se ensombreció.

Alendïl, en la pelea contra los muertos vivientes, había sido infectado por una extraña enfermedad. Esta solo tenía cura durante el primer día de incubación, y presentaba los primeros síntomas una semana después de la infección. Cuando los orcos los rescataron, ya era demasiado tarde. Allendïl había muerto pocos días antes de que Jandall despertara.

A Jandall le costó más de un año superar el golpe, pero gracias a la ayuda del semidragón, ahora un buen amigo suyo, y de los orcos, quienes le alquilaron una cabaña para montar un negocio (una taberna-posada, decidió Jandall), consiguió seguir adelante. Y así pasaron rápidamente más de veinte años.

Un buen día, apareció en la aldea un extraño grupo de aventureros, formado por un semielfo, una Alta Elfa, un Drow (elfo oscuro), un humano paladín y un semidragón plateado (la pícara del dibujo estaba de vacaciones y el elfo pequeñajo ese murió poco después, pero no quiero extenderme más)

Jandall había obtenido gracias a su jefe, un orco mercader, una extraña y valiosa poción que, según decía el orco, multiplicaba el sentimiento que aquel que lo ingiriese estuviera sintiendo en aquel momento.
Quiso experimentar con sus clientes. Como el que más comida necesitaba era el semidragón, soltó unas pocas gotas de la sustancia en la comida del mismo. Por supuesto, Jandall no sabía que esa poción era "Maldición del caos", que debía dosificarse inhalada, y menos aún, que el semidragón, que había conocido recientemente su naturaleza dracónica (hasta cierta edad no aparecen los rasgos distintivos), estaba sintiendo en ese momento impulsos pervertidos hacia la mascota del grupo, una hermosa serpiente alada hembra, llamada Kewee. El elfo tampoco se imaginó que, en ausencia de Kewee (ya que por la tardanza del semidragón, el resto del grupo se había marchado hacía un rato), él mismo sería el objetivo de los pensamientos del semidragón. En su propia posada.

Y tras unas horas (no voy a contar qué pasó en este lapsus temporal, que cada uno dé rienda a sus pensamientos más pervertidos), el semidragón, Jenkins, regresó a la consciencia. Al verse en tales circunstancias (en una cama, junto a un semielfo), entró en una furia y una desesperación casi asesinas. Jandall se justificó con la poción, y Jenkins se dispuso a marcharse... pero no pudo.

Algo le hizo quedarse...

Y así, a día de hoy, y tras muchas aventuras que ya contaré en otra ocasión, Jandall y Jenkins mantienen una hermosa relación, que ahora, tras adoptar a una semidragona, es más fuerte que nunca ^^

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